Enigmas y peculiaridades del soneto III
Dentro del palatino y heterogéneo campo de los sonetos famosos, los que pertenecen al Siglo de Oro se antojan insuperables, y los de Francisco de Quevedo, siempre categóricos, extremos, irónicos, parecen imponer en cada verso su inmortalidad. Amor constante más allá de la muerte es, sin duda, el más disputado por las antologías:
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día;
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera.
Mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
médulas, que han gloriosamente ardido
su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Pero no podemos mencionar un soneto de Quevedo sin caer en la sagrada tentación de repetir, por enésima vez, el archifamoso endecasílabo:
lo fugitivo permanece y dura.
Rotundo y genial, preciso como los cortes de un brillante, este verso ha cerrado durante más de trescientos años otro soneto quevediano. ¿Dije genial? Rotundo lo es, pero, ¿fue el sentimiento de Quevedo el que realmente acuñó tan célebres palabras? Augusto Monterroso, en su libro La palabra mágica, nos habla de un oscuro tomo II de la Vida de Samuel Johnson, de Boswell. Ahí, Monterroso comenta que descubrió —o recordó, ¿quién lo sabe?— que Johnson alega que nuestro verso fue tomado de Janus Vitalis:
…immota labescunt;
Et quae perpetuo sunt agitata manent.
¿Quién demonios es Janus Vitalis? Monterroso no nos lo aclara. Evade la información agregando que Johnson tampoco lo resuelve. Y habría que imaginar la excusa que Johnson daría por la omisión. En tales condiciones, ¿qué podemos decir nosotros? ¿Eso nos convierte en un eslabón más de esta negligente cadena de chismosos? Tal vez tengamos que imaginar lo que Quevedo nos diría. Seguramente él sí supo del mentado Janus Vitalis, lo que vendría a ponernos en evidencia junto a Monterroso, Johnson y Boswell.
Que si Quevedo se sirvió o no de un verso ajeno para culminar su soneto a esta Roma devastada por los siglos es algo que, al menos por el momento, sólo él sabrá.
PS: A propósito de este último soneto de Quevedo, A Roma sepultada en sus ruinas, es sorprendente —y un tanto indignante— no haber encontrado versiones libres de errores para poner algo decente en el enlace respectivo. Cuando no el "proprio" del cuarto verso, es el "Tibre" del noveno que ha sido reproducido incansablemente aun en sitios serios como el CVC. Quienes se dicen promotores de la poesía, ¿la leen acaso?
Ver también:
Enigmas y peculiaridades del soneto II
Enigmas y peculiaridades del soneto I

















