8.2.10

Enigmas y peculiaridades del soneto III

Dentro del palatino y heterogéneo campo de los sonetos famosos, los que pertenecen al Siglo de Oro se antojan insuperables, y los de Francisco de Quevedo, siempre categóricos, extremos, irónicos, parecen imponer en cada verso su inmortalidad. Amor constante más allá de la muerte es, sin duda, el más disputado por las antologías:


Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día;
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera.

Mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
médulas, que han gloriosamente ardido

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.



Pero no podemos mencionar un soneto de Quevedo sin caer en la sagrada tentación de repetir, por enésima vez, el archifamoso endecasílabo:


lo fugitivo permanece y dura.


Rotundo y genial, preciso como los cortes de un brillante, este verso ha cerrado durante más de trescientos años otro soneto quevediano. ¿Dije genial? Rotundo lo es, pero, ¿fue el sentimiento de Quevedo el que realmente acuñó tan célebres palabras? Augusto Monterroso, en su libro La palabra mágica, nos habla de un oscuro tomo II de la Vida de Samuel Johnson, de Boswell. Ahí, Monterroso comenta que descubrió —o recordó, ¿quién lo sabe?— que Johnson alega que nuestro verso fue tomado de Janus Vitalis:


…immota labescunt;
Et quae perpetuo sunt agitata manent.



¿Quién demonios es Janus Vitalis? Monterroso no nos lo aclara. Evade la información agregando que Johnson tampoco lo resuelve. Y habría que imaginar la excusa que Johnson daría por la omisión. En tales condiciones, ¿qué podemos decir nosotros? ¿Eso nos convierte en un eslabón más de esta negligente cadena de chismosos? Tal vez tengamos que imaginar lo que Quevedo nos diría. Seguramente él sí supo del mentado Janus Vitalis, lo que vendría a ponernos en evidencia junto a Monterroso, Johnson y Boswell.

Que si Quevedo se sirvió o no de un verso ajeno para culminar su soneto a esta Roma devastada por los siglos es algo que, al menos por el momento, sólo él sabrá.


PS: A propósito de este último soneto de Quevedo, A Roma sepultada en sus ruinas, es sorprendente  —y un tanto indignante— no haber encontrado versiones libres de errores para poner algo decente en el enlace respectivo. Cuando no el "proprio" del cuarto verso, es el "Tibre" del noveno que ha sido reproducido incansablemente aun en sitios serios como el CVC. Quienes se dicen promotores de la poesía, ¿la leen acaso?

Ver también:
Enigmas y peculiaridades del soneto II
Enigmas y peculiaridades del soneto I
A todos nos ocurren —y con inquietante asiduidad durante la pubertad, aunque también a lo largo de nuestra vida— accidentes ridículos que, en lo sucesivo, omitimos de nuestro anecdotario o intentamos relatar en versiones menos vergonzosas. Incluso algunas de ellas terminan siendo, en un giro de lo más irónico, adaptaciones inusualmente heroicas de un hecho que en nuestra callada honestidad es tan indeleble como bochornoso. Con el tiempo, superadas la inútil vanidad adolescente y la preocupación desmedida por la atención ajena, uno aprende que las versiones más simpáticas, más exitosas, son siempre las originales.

Por cierto: al rato, algo de Quevedo en la tercera parte de EPS.

5.2.10

AVISO: hoy no habrá entrada.

¿Por qué? No tiene que haber una razón. Al menos no necesariamente. Podría, en todo caso, recurrir al trilema de Münchhausen: o la razón es predicada mediante una serie de subrazones que derivan en una regresión infinita; o se reduce a las declaraciones axiomáticas arbitrarias; o es, en última instancia, circular (por ejemplo: no habrá porque no habrá). No sé cómo decirlo de manera más simple.

3.2.10

No tengo hijos porque no estoy listo para comprarle juguetes a otro.

1.2.10

Enigmas y peculiaridades del soneto II

Así como en aquel poema (soneto también) de Jorge Luis Borges, en el que un hombre se dispone a “trazar con rigurosa pincelada” el mundo entero sobre la cal de una pared, también en un soneto puede estar comprendido prácticamente todo. Sólo catorce versos y, sin embargo, la condensación de todo un mundo en su matemática brevedad sólo es equiparable al carbón que a altas presiones se convierte en diamante. Quizá por eso es que el soneto es algo así como la emperatriz de las formas poéticas, la chica a la que todos quisieran sacar a bailar y sólo a unos pocos tiende la enguantada mano.

Es la composición poética más famosa y estudiada y, sin embargo, no deja de guardar secretos que siguen provocando horas de insomnio a los eruditos. Como aquél que gira en torno a uno de los más conocidos, el de A Cristo crucificado, cuyos versos, por ser de los más armónicamente logrados, se reproducen a continuación:


No me mueve, mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido;
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
Clavado en una cruz y escarnecido;
Muéveme ver tu cuerpo tan herido;
Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
Que aunque no hubiera cielo yo te amara
Y aunque no hubiera infierno te temiera.

No tienes que me dar porque te quiera;
Pues aunque cuanto espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.



Este poema, que según Marcel Bataillon es "el más ilustre soneto de la literatura española", apareció por primera vez en Vida del espíritu para saber tener oración con Dios, de Antonio de Rojas, en 1628. Más tarde, Miguel de Guevara lo incluyó en Arte doctrinal y modo general para aprender la lengua matlazinga (1638). Es anónimo, pero desde su publicación, críticos e investigadores se lo han atribuido a san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús, Pedro Reyes, Lope de Vega, fray Miguel de Guevara y otros más. La verdad es que nadie ha proporcionado evidencias definitivas. Incluso se discute la época de redacción y hasta su origen: italiano, latino, francés, portugués. Total, que ante uno de los más hermosos sonetos en castellano también nos tendremos que conformar con disfrutarlo y punto.

Ver también:
Enigmas y peculiaridades del soneto I
Enigmas y peculiaridades del soneto III

27.1.10

Este miércoles 27 de enero, Marte y la Tierra sostendrán un encuentro cercano, cuando el primero se acerque a la
Tierra a 99 millones de kilómetros de distancia. Los astrónomos llaman a este fenómeno "oposición", que tiene que
ver con las posiciones relativas de la Tierra y Marte. Las oposiciones de Marte se producen cada 2 años y, dependiendo
de la distancia de este planeta con respecto al Sol, éstas pueden ser muy vistosas, como ocurrió en el 2003, cuando
Marte se vio en el cielo tan brillante como no se había visto en 60 mil años. [El Universal, martes 26 de enero de 2010]
Y justamente, haciendo revisión de archivos viejos, hace unos días me encontré con una especie de cuento que jamás se
publicó y del que ya ni me acordaba. Así que, para que no siga por ahí dando tumbos, aprovecho para "sepultarlo" aquí.

25.13.2287

El verano se acerca. Hace ya varios días que las tormentas impiden mirar el cielo. En momentos como éste suspiro bocanadas de frustración por no vivir en el norte y tener un cielo más despejado. Durante unas semanas, acaso meses, ni siquiera será posible salir a dar un paseo por los alrededores. El polvo es tanto y tan fino que aun manejar hasta el observatorio sería insensato.

Como todos los años, tuvimos que reparar el dosel de la casa para resistir el temporal. De cualquier modo, sé que las tolvaneras, también como todos los años, atascarán el riel de expansión y tendremos que abrir el cancel trasero a golpes. A veces nos veo a mi mujer y a mí como un par de pollos saliendo de un único cascarón compartido. Ella no deja de decirme que cambiemos todo el armatoste por uno más moderno. Yo le digo que esperemos a que me suban el sueldo, que con lo que hoy gano apenas alcanza para la despensa y la energía consumida durante estos meses. Ayer le propuse que ahorráramos en planes y dinero para mejor quedarnos dos, tres años seguidos en un cálido y despreocupado enclaustramiento. Por supuesto que no le gustó mi broma. Y a decir verdad, a mí tampoco. Reconozco que esta época del año siempre me descompone el sentido del humor. Me quedo horas mirando las noticias, sin ganas de hablar ni de comer. El hambre se esconde cuando no se tiene suficiente actividad física. También mi mujer se esconde. Se mete a la recámara y mira películas toda la tarde. Cada dos o tres días le habla a su madre. Ésta es la época en la que se comunican más. Y qué bueno, porque si no fuera por la suegra no sé cómo podría soportarme tanto tiempo cerca. Ella me quiere, lo sé, pero es natural que dos personas obligadas a verse a diario, las veinticuatro horas del día, terminen por fastidiarse mutuamente. No sé cómo se la pasen los vecinos pero imagino que en estas fechas la vida se vuelve difícil para todo mundo. Bueno, no todo el mundo, sólo los que vivimos en el hemisferio sur.

Hoy me levanté temprano, a eso de las cinco o cinco y media. Me despertó un sonido ronco y constante, como el de las barredoras. Asomé por la ventana pero no alcancé a ver de dónde provenía. Me di cuenta de que no era una barredora. Normalmente es a fines del verano cuando comienzan a desfilar por las calles ejércitos de barredoras grandes y pequeñas. Las pequeñas pertenecen al ayuntamiento; las grandes, a particulares. Me dice un compañero de la universidad que en el norte casi no hay empresas dedicadas a barrer la vía pública. Es lógico: el verano allá es mucho más benigno. El negocio está aquí, sobre todo en las regiones más cercanas al ecuador. Lo que me desconsuela es que en realidad no todos los años hay tan mal clima y justamente éste, cuando más necesitaba tener un cielo más o menos claro, se ha puesto como si el planeta estuviera desintegrándose en cámara lenta. Aunque eso también es lógico: cuando el perihelio coincide con el verano, estas regiones se sobrecalientan y el viento sopla intensamente, azota las colinas, levanta la tierra y termina lanzando masas de polvo a la atmósfera. Lo peor es que aun después de las tormentas, el polvo tarda mucho tiempo en volver a posarse.

Hace una semana presenté ante la universidad una solicitud para viajar a Tharsis. Quedaron en darme respuesta antes de diez días, apenas a tiempo para trasladarme y estar listo cuando el Sol, la Tierra y Marte se alineen. He esperado mucho este momento. Sé que en Tharsis, incluso en estas fechas, la visibilidad es bastante favorable. La latitud, y sobre todo la altura a la que está el observatorio, seguro me permitirían trabajar incluso con telescopio reflector, lo que honestamente me gustaría mucho. A pesar de todo, siempre he sido un romántico. No hay nada como contemplar por uno mismo la callada sinfonía de los astros. Antes el ojo que la lente, la pupila antes que la antena.

Recuerdo que mi padre, también astrónomo, me hablaba de ciertas curiosidades cósmicas cuando yo era niño. Yo soñaba con todo aquello que me contaba. El tiempo y los estudios sólo completaron lo que ya en mi imaginación resultaba apasionante: agujeros negros, supernovas, alineaciones extraordinarias como la que está por ocurrir… Sólo espero que la universidad acceda a mi solicitud. Me moriría de rabia sabiendo que me tengo que quedar en casa, sepultado bajo no sé cuántas toneladas de polvo y arena mientras la Tierra y Marte se encuentran al mínimo de distancia entre sí, a un salto de asteroide, como diría papá.

¿Qué astrónomo querría perdérselo? ¿Cuántas generaciones antes y después de la mía no tuvieron ni tendrán esa melancólica oportunidad? El último evento de esa índole sucedió hace ciento cincuenta años. Ciento cincuenta y uno, para ser precisos. Aunque eso es aquí. En la Tierra han pasado doscientos ochenta y cuatro incandescentes e inútiles años, dos siglos más desde que el último ser humano presenció el primer crepúsculo verde. Tantas cosas han sucedido desde entonces, y tan rápido, tan inesperadamente, que apenas se puede mirar el cielo sin percibir una opresión en el pecho, sin sentir que se está mirando la historia que ya no es. Estos tiempos ya no son como los de antes, cuando se interrogaba a las estrellas desde una certeza que se antojaba eterna. Ahora hay millones de certezas y una sola pregunta abrumadora: ¿Volveremos alguna vez a nuestro hogar?

26.1.10

Reunir en treinta o cuarenta palabras más de media docena de insomnios, innumerables subrayados, múltiples referencias almacenadas desde momentos cuyo lugar en el tiempo es ya más del hábito ilegible que de la sistemática memoria. Desazolvar la idea de discursos argumentativos, ejemplificaciones pertinentes, metáforas venidas a cuento, acotaciones apaciguadoras u oraciones subordinadas que aligeren, "humanicen", la escritura.

Reducir los significados a su propia sombra. Partirse la madre con cada sintagma hasta que no quede lugar para demostraciones protocolarias, ni una sola prolepsis amparando la exposición.

Rendirse. Renunciar al reconocimiento, la aprobación, incluso a la simple, mecánica empatía. No esperar respuesta o esperar cualquiera aun si ello consiste en ser ridiculizado.

Decir y ya.

Porque se tiene que decir. Porque no importa si ya se ha dicho antes. Porque el asunto no es vestir con palabras lo que intenta decirse, sino buscar y distinguir las que están de más para liquidarlas, hacerlas desaparecer hasta que parezca que solo las que persisten —esas treinta o cuarenta— fueron las concebidas desde el principio, cuando no hacía falta nada de lo anterior, cuando el impulso lo era todo.

(Dedicado a The Girl with Kaleidoscope Eyes)

25.1.10

Misterios de la Red, la serie prometida sobre el soneto ha dejado de aparecer en el sitio donde se
suponía debía hacerlo. En adelante, será en este blog (¿pa' qué tanto relajo?) donde semanalmente
se irán publicando las once partes que componen el dichoso textito.
Aquí la primera parte. Cada lunes habrá nueva entrega. Algunos de quienes visitan esta mugre ya
conocen algo, aunque ahora, gracias a la libertad de tener espacio propio y no tener que ceñirse a
políticas editoriales y cosas por el estilo, le he agregado algunos ejemplos y ajustado un poco.
Ojalá les guste.


Enigmas y peculiaridades del soneto I

El soneto es una composición poética de catorce versos regularmente agrupados en dos estrofas de cuatro y dos de tres. La mayoría tienen rima, pero los hay también sin ella, lo que se viene llamando “verso blanco”. Los temas tratados en el soneto son, para decirlo pronto, todos; pero uno de sus más distintivos rasgos es una cierta consideración del Tiempo latente bajo su motivo central.

Muchos de los más prestigiosos poetas de la historia escribieron sonetos. Incluso algunos, sobre todo durante el siglo XX, propusieron variantes innovadoras aunque no siempre trascendentes. La principal razón por la que estos ensayos no dejaron mayor huella descansa sobre la rigurosidad inherente a la forma del soneto: mientras más elegante y respetuoso de las leyes que lo rigen sea, más celebrada será su composición.

Aquí un ejemplo de Sor Juana Inés de la Cruz (siglo XVII), uno de sus poemas más conocidos y de más fina hechura entre los sonetos escritos en castellano:


Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;

éste en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores
y, venciendo del tiempo los rigores,
triunfar de la vejez y del olvido:

es un vano artificio del cuidado;
es una flor al viento delicada;
es un resguardo inútil para el hado;

es una necia diligencia errada;
es un afán caduco, y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.


Los sonetos están con nosotros, al parecer, desde inicios del siglo XIII, pero a decir verdad, pese a los extensos estudios y debates, poco menos que conjeturas podemos arriesgar sobre sus orígenes. En primer lugar —porque en esto no hay duda— el soneto nació en Italia. En dónde exactamente es una interrogante que la propia raíz de la palabra "soneto" genera. Y es que su fuente se le atribuye tanto al latín sonus (sonido) como al provenzal sonet, nombre de una antigua cancioncilla popular. En cuanto a cuál fue el primer soneto en ser escrito, tendremos que conformarnos con que en este mundo no se puede saber todo acerca de nada.

Respecto al primer ser humano en componer un soneto, el candidato con más votos es un poeta siciliano de la corte de Federico II llamado Giacomo da Lentini, contemporáneo de los poetas del Dolce Stil Nuovo. Entre éstos, el más conocido es Guido Guinezelli, al que se le considera como iniciador de la escuela poética en la que se educó Dante Alighieri.

Antes de su Comedia, el buen Dante ensayó el soneto en La Vita Nuova, excelencia que se coronaría con el capo di tutti capi Francesco Petrarca, particularmente en sus Rimas. Tras los Sonetos fechos al itálico modo del Marqués de Santillana, el soneto sería plenamente asimilado por España gracias a Boscán y a Garcilaso, ya en el XVI. Así, durante todo el Siglo de Oro, debido a su naturaleza de joya intelectual y retórica, el soneto se convertiría en la forma preferida por los grandes poetas, algunos de los cuales mencionaremos más adelante.

Ver también:
Enigmas y peculiaridades del soneto II
Enigmas y peculiaridades del soneto III

19.1.10

Why write in a language other things I think in spanish?
(Did I say good?)

12.1.10

Z: El problema es que el 99% de la gente piensa que porque algo no es su culpa tampoco es su responsabilidad.

Y: Claro... "Yo no lo rompí; no tengo por qué arreglarlo."

Z: Es así. Aunque eso del 99% tal vez es algo exagerado.

Y: Sí. En realidad son más.

Gracias a todos por sus comentarios: Atilio, Russa, Grut, Alejandro, Espérame en Siberia,
Nalda, La maga, Siab, Thought trotter, Adriana, Jéssica, Daeddalus, manueltenedor, annie,
Magita, Hugo Eduardo y demás, feliz año y gracias por las felicitaciones cumpleañeras.
 
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